Tenía cortes y heridas en las rodillas, que sangraban y ella intentaba parar las hemorragias con las manos, sucias de tierra y alcohol. Las ventanas estaban rotas y había muchos cristales alrededor. Se encontraba bien en medio de todo aquello. Perdonarse a si misma, intentar no pensar, desearía echarse pegamento en la mente, guardar en un portafolios las cosas de las que se acordaba.
En un inútil intento de levantarse, le fallaron las piernas, las rodillas doloridas se doblaron y cayó encima de los trozos de cristales rotos. Dolor punzante, cristales clavados en las heridas abiertas. Agradeció aquello, el dolor de las heridas, los cristales clavados en la piel.
Se concentró en el dolor. La gente suele huir del dolor, pensó, pero que diferencia hay en realidad entre el intenso placer y el dolor? Solo etiquetas. El dolor físico hace que dejes de pensar. Pensó en el umbral del dolor. Pensó que era el límite, el punto en el que no eres capaz de seguir aguantando y el cerebro manda un impulso, después solo te desmayas.
Ojalá no tuviese memoria, o sentimientos. No, ojalá no tuviese memoria. No se acordaría de nada a largo plazo y quizás, seria más fácil.
Las heridas y cortes no dejaban de sangrar. La sangre se veía de color negro en medio de la oscuridad. Decidió no moverse. Estaba de rodillas encima de los cristales y lo único que hacia era sonreír y rezar. No lloraba. No lloraba porque desde siempre llorar le había parecido una cosa de niños. Nunca lloraba.
Empezó a acostumbrarse al dolor, se hacia cada vez mas soportable. Cerró muy fuerte los ojos, levantó los brazos en alto por encima de la cabeza y los dejó caer con fuerza y violencia encima de los cristales que la rodeaban. Los trozos grandes se clavaron en las muñecas atravesando y rompiendo la piel. La sangre empezó a correr por el suelo. Y no pudo evitar llorar del dolor. Gritaba, pero estaba en paz. Pensó en los abrazos, en las sonrisas, en su gato. Pensó que en realidad sobraba, todo sobraba, ella sobraba, las cosas, el mundo físico, material... Dios se había equivocado al colocarla allí, lo sabía con certeza y le daba absolutamente igual desangrarse en aquel cuarto. Llorar es vomitar por los ojos, pensó, y se acordó de cómo su abuela cortaba y cocinaba corazones. Corazones de cerdo o aves. Se acordaba de la fascinación que le producía observar aquel órgano, un músculo fuerte, y con que habilidad y destreza su abuela lo troceaba.
Nunca. Nunca importó el envoltorio.
A.