Las 4 de la madrugada y tienes insomnio. Recorres con la
mirada cansada las paredes de tu habitación. Viejos posters de grupos que
quizás ya ni siquiera te gustan, fotos, ropa tirada en el sillón, una taza de
té que te tomaste antes de acostarte. Y entonces, justo en ese momento en el
que vuelves por enésima vez a intentar dormir, cerrando los ojos, imaginas todo
aquello. Cosas que no tienen relación unas con otras. Migas de galletas, tan
molestas por el suelo, el frío, nieve en los árboles de los bosques y tener la
sensación de que estas en un sitio encantado, el ruido de las mandarinas al
pelarlas, el color de la respiración, los taxis de Madrid, y el como seria
cortarle el cordón umbilical a un recién nacido. Entonces tus pensamientos se
vuelven más espesos, el sueño toca el timbre. Todo se vuelve cada vez más
oscuro. Y más y más… Y te abandonas en los brazos de Morfeo. Y que mañana Dios
dirá.
.

La reiteración de las noches que no cuentan, esas en las que el sol aparece por el oeste y te da las buenas noches para animarte a comenzar el día.
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